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UAN CARRILLO es probablemente uno de los pintores más representativos de la España del Rey Juan Carlos, quien no le admira sin razón y no tiene por nada en su colección de pinturas de La Zarzuela telas del artista, que ha merecido ser llamado el pintor poeta de Extremadura. Jean Cassou,  gran hispanófilo, le ha situado en la directa continuación del     realismo ibérico.

    Cuando en España, como en casi todo  Occidente, se desarrolla y reina el culto a lo informal, Carrillo permanece intangiblemente fiel a las grandes tradiciones pictóricas de su país; es decir, a las reglas eternas siempre valederas para quienes no están pendientes de la moda, que pasa de moda tan rápido, en juiciosa frase de Cocteau. ¿No es un desafío en nuestro tiempo para un pintor, apoyarse en el dibujo, esta probidad del arte que hablaba Ingres, y que sirve de armazón a toda pintura verdadera? Otro reto: el de una materia muy lejos de las exuberancias de pastas, de granelures, de manchas y de signos, y por el contrario es losa brillante, satinada; reto aunque su inspiración le haya dado resueltamente la espalda a las locuras de lo fantástico, a las extravagancias estrelladas del surrealismo.

La de Carrillo está sacada de su terruño, de Extremadura, de la simplicidad de las cosas familiares. Se complace en pintar haciendas sobrias como conventos, grandes como palacios, con sus habitaciones desnudas, sus patios floridos, sus jardines con avenidas sombreadas, campos en los que se encorvan, por el duro trabajo de la tierra, algunas campesinas, hermanas quebrantadas de las esposas árabes, esclavas sumisas del hombre. No es algo sin significado que el universo de Carrillo esté sobre todo poblado de mujeres. El hombre casi no aparece más que en calidad de comparsa, para dar importancia a la mujer. Ésta aparece casi siempre como una desencantada a imitación de las cautivas de harén de Constantinopla de Loti, tanto si pasean llevando un niño de la mano como si sueñan en la ventana o van errantes por los pasillos alumbrándose con una lámpara, o dialogan con palomas cerca de una pajarera, o si en el escritorio escriben en secreto alguna carta de amor que tal vez no enviarán nunca, melancólicas, misteriosas, abrasadas por aspiraciones y rechazos, no muestran de sí más que un perfil, la redondez de una mejilla. Son precisamente estas estabilizaciones, estas simplificaciones a lo Matisse con las que Carrillo introduce un toque de modernidad en su mundo intemporal, estático, que no cambia apenas con los años, un mundo en el cual perduran las geórgicas a lo Millet, las soledades provincianas a lo Bovary.

Todo eso está magnificado por la magia de los colores fascinadores que se dirían de un Gauguin menos bárbaro. En él los arboles son tanto soles de oro rojo o de topacio quemado; los huertos, explosiones de nieve o de aurora.

Y paralelamente antítesis de claroscuro, muy de Goya y de Zurbarán. Uno tiene la impresión de ver cómo se desarrollan ante sus ojos las escenas de alguna ópera cuya música fuera de Albéniz o de Granados sobre libreto de García Lorca.

Estos diversos desafíos hacen de Carrillo un independiente absoluto, como debería serlo todo auténtico artista. Su obra, a un tiempo carnal y mística, es un raro ejemplo de fidelidad a sí mismo.

                                                                                                                                                                                                  PIERRE ESPIL

                                                                                                                                                                Presidente de la Academia de las Letras Pirenaicas

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