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N esta barahúnda de iniciativas, pero no mundo de desengaños, que nos ofrecen a diario las galerías madrileñas, la exposición de Carrillo, a la que fui y volví y le dije el adiós en vísperas de su cierre, se quedó grabada muy hondamente. La revivo a través de dos polos que, al fin, se encuentran: pureza y comunicación. La pureza, a veces, aparece como símbolo de alejamiento, de torre de marfil sin mensaje y, por el contrario, la comunicación es también a veces servidora del tópico. Cuando esos extremos se funden la consecuencia es paz. Ahondemos un poco en ese poso de paz. En el panorama de la pintura actual notamos un peligroso predominio de la mancha que, en muchos casos, viene de una cierta lejanía del dibujo como base: Carrillo es fiel a una tradición, que no falla, de partir de una visión y de una práctica del dibujo como inmediata expresión del diálogo del artista con los dos mundos, el de con ojos que ven y el del alma que se hace mano. El paso del dibujo al color nos obliga dulcemente a poner lo musical como adjetivo calificativo de esta pintura: algo parecido a lo que ocurre con la melodía y la armonía. Yo diría que ese cromatismo de Carrillo se elabora como en semitonos donde si hay grito, clamada de angustia, esperas, ausencias, desolaciones, están envueltas para no escarnecer de tal manera que las tristezas de una biografía no exenta de tragedias se hacen melancolía, color de melancolía. Toda esta pintura es encanto y no en el posible sentido superficial de la palabra. Es encanto con fondo. Por ejemplo: el meloso canto por la encina, ese árbol de la espaciosa y triste España que cantaran Fray Luis, luego Machado y más cerca Manuel Azaña cuando evoca el nombre de un pueblo castellano: Encina sola de las Comendadoras. Como en la música, cuando el encuentro es grande el poso se llama silencio. Sólo el silencio es grande dice su gran cartel para París, cartel que debe ser el gran símbolo de la verdadera ecología. Tendrá que volver Carrillo, sus cuadros, que serán primavera real como lo fue la exposición pasada. Viviremos otra vez el magisterio de la fidelidad ¡cuántas veces sacrificado, seguro! a una vocación que es don de lo alto, él lo confiesa, pero hecho personal y yo quisiera que no intransferible sino transmisible. Pintores como Carrillo son ya maestros y ojalá quien pasó por la Escuela de Bellas Artes vuelva a ella para enseñar.
FEDERICO SOPEÑA IBÁÑEZ Director del Museo del Prado, Madrid. Director de la Real Academia de San Fernando de Madrid. Director de la Academia de España en Roma. |
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